La señal viajó docenas de kilómetros, pero casi al instante de haber sido marcada, la llamada telefónica intentó infructuosamente entrar a mi domicilio. El aparato estuvo repiqueteando por unos minutos, pero en mi ausencia no pude escucharlo. Fue hasta días después cuando me dieron la mala noticia: Ha muerto Alfredo.
Un tiempo atrás, Alfredo y su padre habían cruzado el umbral de la escuela donde imparto clases, buscando apoyo para poder enfrentar con éxito el examen indicativo de matemáticas que ya se aproximaba.
“Quiere ser médico y es mi papel de padre apoyarlo en todo lo necesario”, me dijo su papá, mientras el joven asentía con la cabeza y sonreía con esa candidez de sus 16 años.
Inmediatamente busqué y solicité apoyo a un maestro matemático que fraternalmente me brindó ayuda. Hubo un acuerdo en horarios y fechas de asesoría, y padre e hijo se retiraron, conscientes de que daban un paso importante para salvar el obstáculo que tenían enfrente.
Antes de las fiestas de Navidad, el carro en que viajaba Alfredo volcó en carretera y fue tan aparatoso y trágico el accidente que acabó con la vida de aquel cuyo sueño era estudiar y ejercer la medicina.
Uno de sus familiares comunicó a la Preparatoria 25 lo ocurrido y estudiantes y maestros se reunieron para ir a dar a Alfredo el último adiós.
Dicen quienes estuvieron presentes que uno de los maestros describió las virtudes de quien fue su alumno, otro pasó lista de asistencia y maestros y alumnos se unieron en una sola voz para gritar presente cuando al final de la lista fue mencionado el nombre de Alfredo.
Fue una de las despedidas más emotivas que se haya registrado en el panteón que custodia su cuerpo, pues nunca antes tantos estudiantes y maestros universitarios lo habían visitado en la celebración de una ceremonia fúnebre.
Recientemente un lector de Aula23 me abordó en un evento académico y me pidió que además señalar el fenómeno de la violencia escolar, también diera orientaciones sobre la forma de enfrentarlo.
Siempre he sostenido que es a través de la educación en valores, como podemos frenar no sólo la violencia en la escuela, sino en cada ámbito de nuestra sociedad. Por tanto me parece denigrante y cómodo que algunas autoridades educativas dejen la resolución de la violencia escolar a cámaras de vídeo y policías privados o públicos, cuando tenemos en nuestras manos la mejor respuesta: la educación.
Por eso fue gratificante que estudiantes y maestros de la Preparatoria 25 hayan llevado a cabo esta experiencia, porque coloca a ambos colectivos de la Universidad en el camino de un valor fundamental en la formación de nuestros futuros profesionistas: la solidaridad.
Es a través de estas experiencias solidarias como el sistema educativo puede formar a los alumnos en la vida, no para la vida, y es de esta manera como el estudiante se apropia de la realidad que lo rodea y lo lleva a la reflexión y a la acción transformadora.
¿Qué estoy haciendo con mi vida? Y ¿Qué voy a hacer con ella?, serían sus interrogantes. Es decir el joven vería al Yo en el otro.
El hombre no nace moral ni amoral, ni bueno ni malo y he llegado a sostener que nadie conoce al hombre en sí, pues cuando uno niño abandona el vientre de su madre, al momento de nacer tenemos ante nosotros a un regiomontano, a un canadiense, español o africano, con todas las creencias, costumbres y formas de hacer que integran la cultura en la que le ha tocado vivir.
Entonces el hombre se construye a través de su apertura a la experiencias del entorno que le rodea, pues a diferencia del animal que es dotado por la naturaleza de recursos biológicos que garantizan su existencia, el hombre y la mujer carecen de armas seguras e instintivas; no posee los órganos súper especializados para adaptarse específicamente a un medioambiente concreto.
Por tanto, la persona a través de su apertura hacia el medioambiente que le rodea, ve en la realidad posibilidades que le pueden ayudar a construirse y transformarse a sí mismo o a la realidad que desea cambiar.
Con esto no queremos decir que el asistir a funerales sea parte de una asignatura, pero sí que el estudiante debe ser enfrentado con la realidad, pues los valores no deben ser enseñados desde el discurso de una asignatura sino desde la práctica.
Si Usted aprende el concepto deporte, jamás tendrá los beneficios de trotar, hacer gimnasia, correr, jugar fútbol, tenis o cualquier otra disciplina.
Los valores por tanto deben ser enseñados a través del aprendizaje del concepto, pero también desde el ejemplo y guía, pues la realidad también ofrece posibilidades en valores negativos que darán lugar a actitudes y conductas nocivas.
En relación a la violencia escolar, la solidaridad debe partir de la premisa de que no podemos mantenernos indiferentes al dolor de la víctima, pues es común que nadie intervenga a detener una agresión, mucho menos a denunciarla, es decir, hay una total ausencia de compasión.
Como ha señalado Arteta, la acción solidaria tiene sus buenos fundamentos en el sentimiento compasivo, en virtud del cual el espectador debe quedar afectado por la realidad del otro, y es afección, lejos de paralizarlo debe impulsarlo a reaccionar a través de la acción personal.
De acuerdo a los estudios que he realizado, los espectadores sólo intervienen cuando los agredidos son sus amigos y siempre y cuando la agresión sea ocasional. De tal manera que no paran la agresión ni denuncian lo ocurrido a los profesores o a las autoridades educativas. Esto primero porque temen pasar a engrosar la lista del agresor (bully o matón de la clase) y la otra razón es que tanto maestros como directivos nada hacen para detener al agresor, creando a éste un nicho de impunidad que lo enaltece.
La solidaridad también implica el llevar justicia al excluido, por tanto el agresor debe ser tratado y educado para que participe en el salón de clase desde la no-violencia.
La solidaridad, entonces, debe fomentarse en el aula como una posibilidad de autoconstrucción y transformación, y de ayuda a la víctima en la conquista de su dignidad perdida o maltratada.
Arteta, A. (1996) La compasión. Barcelona. Paidós. |
"Es a través de estas experiencias solidarias como el sistema educativo puede formar a los alumnos en la vida, no para la vida, y es de esta manera como el estudiante se apropia de la realidad que lo rodea y lo lleva a la reflexión y a la acción transformadora".
Lucio López |