Pandillas sitian las escuelas

 

Hasta la noche del domingo 28 de enero, Roberto Chávez de la Cruz, un estudiante de secundaria de 12 años, soñaba con ser  un gran futbolista y llenar a su familia de logros con sus hazañas deportivas.
Pero eso que le hacía tanta ilusión no podrá ser, pues Roberto fue asesinado de un balazo en la frente por miembros de una pandilla que acechaba la escuela secundaria técnica 86 de Ciudad Juárez.
Y aunque la policía ha detenido a su agresor, Santiago Elías Cardoza “El Miclo”, ni la cárcel ni la culpa que pueda cargar en su conciencia el pandillero, podrá regresar a Roberto a los brazos de sus padres, que ahora lloran su ausencia.


En Austin, Texas, una familia hispana llora también por la muerte de Christopher Briceño, un estudiante de preparatoria, que la tarde del 23 de septiembre de 2005, fue asesinado por conflicto con pandillas que asediaban el centro escolar.
En Santa Catarina un niño armado con pistola asoló por un tiempo una escuela primaria amenazando a alumnos y maestros, amparado a en una banda juvenil que le ayudaba a sembrar el terror.
Y en las afueras de la Preparatoria 15 Florida corren historias de jóvenes que han sido golpeados con furia salvaje, por los delincuentes juveniles que se han apoderado de ese sector.
Y es que cada día es más común el acecho de pandillas a los centros educativos, sin que nadie diseñe un programa que mantenga a los alumnos en escuelas seguras.


Las escuelas limitan su acción, deficiente por cierto, a todo lo que ocurra de las bardas de la escuela hacia adentro, argumentando que al dar un paso afuera del centro educativo, la seguridad de los alumnos ya no es de ellos, sino de las fuerzas policíacas encargadas de velar por la integridad física de la ciudadanía. Es decir, de la Seguridad Pública.
Los agentes del orden, por su parte, rondan las escuelas -cuando lo hacen- en unidades que se desplazan en derredor de los centros por unos minutos, con policías abordo que apenas miran a los lados y se marchan para rendir el parte de “sin novedad” a sus superiores.


Pero hay en el entorno de las escuelas pandillas que despojan a los alumnos de dinero en cuotas que van de los tres a los cinco pesos, muchas veces les roban su cachuchas, sus relojes y, en ocasiones, hasta de sus tenis de marca.
Pero eso no lo observan los policías desde la cabina de su patrulla, porque confían más en su intuición, que en la comunicación que puedan tener con alumnos, profesores o padres de familia.
De esta manera escuela y policía hacen esfuerzos aislados, pero muy pequeños, en una ausencia de coordinación que lamentan los padres cuando sus hijos llegan a sus casas despojadas de dinero y otros bienes. O cuando tienen que acudir a los centros médicos a ver a sus pequeños golpeados o sin vida, como ocurrió en Ciudad Juárez y en Austin.

El temor a asistir a la escuela
En estudios que en lo personal he realizado con alumnos de escuelas de Nuevo León indagamos sobre el temor de los estudiantes a asistir a clases. Cuando preguntamos a los alumnos si consideraban que había pandillas en sus escuelas, 4 alumnos de cada 10 contestaron afirmativamente.
De acuerdo a estos estudios, las escuelas con mayor presencia de bandas juveniles antisociales se encuentran en la zona urbana.
Es decir, del 100 por ciento de las escuelas con problemas de pandillerismo, 91 pertenecen a la zona urbana, seis a escuelas suburbanas y tres a escuelas ubicadas en la zona rural.


Un 5 de cada 100 alumnos dicen que han sido golpeados en sus escuelas, 7 de cada cien informan que les han robado cosas, uno de cada 100 dicen haber sido amenazados con alguna arma y uno de cada cien estudiantes informa que son chantajeados y obligados a hacer cosas que no quieren. Y lo peor del caso es que esto afecta a alumnos y alumnas, porque los maltratadores no hacen distinciones en cuanto al género.
Aquí debo aclarar que la mayoría de estas agresiones ocurren en el interior de las escuelas y son perpetradas por sus compañeros de clase o por compañeros de mismo grado académico, pero que estudian en una aula cercana geográficamente a donde estudia el alumno. Cualquiera aula hacia los lados, pues ocurren fricciones en los pasillos que luego son cobradas a golpeas por los matones en el patio, en sitio ocultos a la vista de los profesores.


Pero para el caso que nos ocupa, que es la escuela asediada por las pandillas, trataré de especificar de la siguiente manera:
Del 100 por ciento de los alumnos que dicen que le han robados cosas, un 17 por ciento dicen que han sido atacados por personas ajenas a las escuela a la salida de clases, es decir, por las pandillas que acechan en los límites del centro educativo.
Del 100 por ciento de los alumnos que dicen haber sido golpeados, un 25 por ciento dicen haber sido agredidos por personas ajenas a la preparatoria, a la salida de clases. Lo mismo ocurre con los alumnos que son amenazados con armas, pues un 25 por ciento de ellos son agredidos por las pandillas.


A simple vista esto no podría parecer alarmante. Pero mire Usted. Si una escuela tiene tres mil alumnos, 30 de ellos seguramente han sido amenazados con armas, 23 fueron agredidos por sus propios compañeros y 7 por las pandillas que acechan las escuelas.
Lo grave del caso es que muchos de estos jóvenes armados en el interior de las escuelas pertenecen a las pandillas que asedian las escuelas y es aquí, cuando se requiere el binomio de escuela y cuerpos de seguridad pública, para el desarrollo de escuelas seguras y para la creación de programas educativos que desaliente el ingreso de los alumnos a las pandillas.


El año pasado en la escuela secundaria 2, edificada con el apoyo de la familia Montemayor  en la colonia Independencia, dos alumnos fueron acuchillados en los baños, por compañeros que pertenecían a pandillas rivales.
Las autoridades deben educativas deben poner atención a estos problemas que atentan contra la integridad física de los alumnos, pues actos violentos que bañen de sangre las aulas no deben suscitarse en ninguna escuela del mundo. Pero ha ocurrido.


La escuela debe ser, como lo es, un santuario del conocimiento y la buena convivencia, un lugar donde no deben ocurrir actos bárbaros y salvajes que denigran a quienes los cometen y dañan irremediablemente a las víctimas. La escuela debe ser un lugar seguro para nuestros hijos, pero esto no podrá ser si escuela y autoridad, permiten la impunidad de las pandillas que acechan los centros educativos.

Conferencias, pláticas, cursos, asesoría     Escríbeme a antoniolucio@aula23.com.mx

 

 

La escuela debe ser un santuario del conocimiento y la buena convivencia, un lugar donde no deben ocurrir actos bárbaros y salvajes que denigran a quienes los cometen y dañan irremediablemente a las víctimas.