El espiral de violencia en contra de las víctimas tiene, la mayoría de las veces, mucho que ver con un aspecto de su personalidad y su desarrollo en las interacciones sociales en el microsistema de los iguales.
Así, el usar anteojos o gafas demasiado gruesas, ser muy delgado u obeso, son motivo de burlas de los agresores que buscan en las imperfecciones físicas de las víctimas, un motivo para ridiculizarlas.
Luego de esto surge el apodo o mote con que conocerán a la víctima todos los alumnos de esa aula y posteriormente casi el total de estudiantado del turno en que desempeña su actividad académica.
El ser de aspecto débil o tímido, es otro de los factores de riesgo para los estudiantes con estas características, pues al carecer de redes sociales, la ausencia de amigos con los que pueda deambular en el patio o hacer equipo en el aula, es vista como una oportunidad para los “matones” que no tardan en hacerlos víctimas de sus abusos.
En aulas donde la mayoría de los estudiantes no tienen buenas calificaciones, el ser un alumno brillante con calificaciones sobresalientes lo hacen víctima de envidias y hostigamientos, al grado de que algunos estudios han registrado casos de estudiantes que prefieren bajar sus notas para evitar ser víctimas de intimidación.
Lo mismo ocurre con las chicas atractivas en aulas donde no todas son agraciadas, pues son víctimas de falsos rumores por agresoras y agresores que les inventan chismes, les critican su forma de vestir y hasta de caminar, y terminan haciéndoles una fama de presumidas que las lleva a la exclusión social y terminan marginadas deambulando solas por el patio, sosteniendo mayor relación con las profesoras y profesores; además de otros adultos del centro escolar.
Otro tipo de víctimas, a lo que se les califica de provocadoras, son aquellos estudiantes impacientes cuya hiperactividad los mantiene interrumpiendo conversaciones, metiéndose donde nadie les llama, contestando preguntas que los profesores hacen a otros alumnos y moviéndose de un lado a otro en el aula causando intranquilidad y muchas veces irritación de sus compañeros.
El poco rato que se mantienen sentados, están moviendo sus piernas, sacando y metiendo los útiles escolares en la mochila o tamborileando el mesa-banco con sus dedos o lápices.
Los profesores suelen creer que las burlas, apodos, insultos y otras vejaciones son normales entre los alumnos y a causa de estos no reciben ayuda.
Los profesores pueden identificar a las víctimas detectando aquellos alumnos que se mantienen cerca de ellos durante el descanso, pues los alumnos maltratados temen ser atacados y por tanto se mantienen a la vista de los docentes y otros adultos.
Esto porque la mayoría de las víctimas no denuncian las agresiones en su contra debido, por un lado, a que temen mayores represalias del agresor si éste se entera, y por otro lado, porque los profesores nunca hacen nada por defenderlos al creen que ese tipo de interacciones nocivas es normal entre los iguales, creando un clima de impunidad que favorece a los agresores.