Perfil del Agresor

Los agresores, en  su mayoría, suelen ser chicos más corpulentos que el resto de sus compañeros y suelen destacar en actividades deportivas en los que se requiere utilizar la fuerza.

Esta característica física los lleva a creerse con capacidades superiores a los demás y tratan de ejercer ese falso poder con acciones que reflejan una necesidad de dominio. Maltratan a sus compañeros y llegan a desafiar a maestros, a sus padres y otros adultos con los que tienen contacto.

Ejercen un tipo de violencia instrumental, pues la intención al dañar a sus compañeros es obtener un beneficio como infundir temor para que les den dinero, le hagan tareas escolares y toda clase de favores.

Buscan el lucimiento personal al ridiculizar a los demás y reforzar su imagen de duro, en un afán de reafirmar su masculinidad, en el caso de los varones.

Algunos agresores suelen ser los populares del salón o la escuela, quienes aprovechan su situación para discriminar y ridiculizar a compañeros solitarios a quienes tildan de raros.
También los hay bajitos, cuya inseguridad los mantiene a la defensiva.

En general los agresores suelen ser asertivos, poco inseguros y no tienen baja autoestima, porque se creen dueños de una popularidad que ganan en base al terror que ejercen, pues se les unen chicos que aplauden sus acciones negativas por temor a pasar a ser parte de sus víctimas.

Generalmente tienen poca empatía y no se detienen a pensar en el sufrimiento de la víctima, porque muchos de ellos también son humillados por sus padres y llegan a la escuela a buscar el desquite con los más débiles.

O bien son testigos de una violencia doméstica que tienden a repetir como parte de un mal aprendizaje social en el hogar. Muchos de ellos son hijos de madres consentidoras que al darse cuenta de su error, ya no pudieron controlar la agresividad de sus hijos.

Las mujeres agresoras también llegan a utilizar los puños, pero la violencia que ejercen es más de tipo verbal, pues difunden malos rumores de sus víctimas, les insultan, las marginan y las aíslan despojándolas de sus mejores amigas y de toda interacción social en el centro escolar.

Se burlan de la forma de vestir de sus víctimas, del tipo de peinado, de la forma de hablar y de cualquier imperfección física. En casos extremos atentan contra el honor de sus compañeras llamándolas “zorras” o inventándoles gustos por estudiantes del mismo género.

Estudios han demostrado que los agresores, en su edad adulta, llegan a ser procesados por delitos que tienen que ver con la violencia física en la calle y en el hogar. Llegan a tener problemas con drogas lícitas e ilícitas y son inestables en el aspecto laboral.