Cobra su primera víctima la violencia sistémica
 Niño se suicida por reporte escolar

 

Sólo tenía 12 años, cursaba el primer año de secundaria, pero Mario Alberto Villegas Ramírez, decidió que ya no quería vivir.
El niño, alumno de primer año de la secundaria Celerino Cano Palacios, fue encontrado muerto en el baño de la casa de su tía, colgado del tubo de la regadera, donde cruzó el cinto de su uniforme escolar para luego pasarlo por su cuello y dejarse morir.


La noticia apareció en los medios de comunicación, pero ha nadie ha conmovido. Y eso, a pesar de que es el tercer caso en menos de dos meses, de niños que buscan la muerte a raíz del problemas en su centro escolar.
Mario Alberto vivía medio día en casa de sus tíos, en un hogar como cualquiera ubicado en el número 127 de la calle Italia en el Fraccionamiento Santa Fe en Monterrey.
 Muy de mañana, sus padres iban a dejarlo a ese hogar, donde su tía María Asunción Ramírez, lo recibía de brazos de sus padres, quienes de ahí partían a trabajar en una institución bancaria.
Sus padres se disponían a comer, cuando una llamada interrumpió sus actividades.
-Mario Alberto, está muerto- les dijeron- se ha suicidado.


Y así fue, a las 14:30 del martes 13 su tía sospechó del silencio que invadía su hogar y al buscar a Mario Alberto lo encontró sin vida, inerte, los había abandonado.
La policía llegó de inmediato y los detectives, buscaron la razón para explicarse el por qué un niño brillante, de buena familia, había decidido acabar con su vida.
Y la investigación los llevó hasta el frío reporte de una travesura escolar.
“Estaba jugando en el salón de clases con su lapicera, me dijo que estaba rayando su caja de lápices y que se manchó las manos con la tinta y por eso le llamaron la atención”, dijo la tía de Mario Alberto a Daniel Flores, reportero del periódico El Metro, quien conmovido escuchaba la causas del sentido deceso.


 “No era problemático”, dijo la señora encargada del niño, “pero ya nos había comentado que hay maestros que por la nada ponen reportes”.
Y fue la señora quien puso la daga en el cuello al sistema educativo, fue directo al meollo del asunto:
“Chequen la gravedad de eso, el otro día mandaron un reporte porque se cambió de lugar y se puso a platicar”, expresó.

LA VIOLENCIA SISTEMICA
Lo hemos dicho hasta el cansancio, la escuela también hace daño a los alumnos. Y son el establecimiento y cumplimiento de normas exageradas, las que provocan daños irreparables como la muerte de Mario Alberto.
El encabezado del periódico no mentía:
“Sale de secu con reporte y se agüita,   Tenía 12 años… se suicida”.


En diversas conferencias que he sostenido con maestros de todos los niveles del sistema educativo, los docentes se muestran reacios a reconocer que la escuela también causa daño.
“Es que tenemos que llamarles la atención”, dicen, “porque los tenemos que formar”.
Y tienen razón, pero exagerar al máximo las normas y hacer al alumno sentir que no vale nada y humillarlo ante sus iguales, no es formar.


Una maestra de ciudad Guadalupe, cuando traté el tema de la violencia sistémica, me dijo que en una escuela secundaria donde el uniforme de la señoritas está confeccionado de tal manera que usan una especie de corbata, se imponen severas penas a quienes incumplen con el vestuario completo.
“Si no llevan la corbata, (los maestros) les ponen un mecate”, dijo, “se la bañan”.
Un profesor comentó que en otra escuela, ponen a los alumnos que no llevan el uniforme completo, a escuchar la clase desde afuera del salón, donde están parados todo el turno sin  poder sentarse, soportando la intemperie y sin aprender, que ese es el motivo por el que están en la escuela.


En ciudad Cadereyta, en una de mis conferencias, una docente reconoció que la violencia sistémica marca a los alumnos para toda la vida.
 “Un día llegó a la escuela un señor desesperado preguntando con mucha ansiedad por una maestra”, comentó. “Cuando le preguntamos para qué la quería, esta persona nos dijo que la iba a matar”.


La maestra, afortunadamente, había cambiado de escuela, pero el ex alumno comentó que guardaba un gran rencor a la maestra, porque siempre lo humillaba y castigaba por no llevar su uniforme completo.
“(La maestra) Nunca pudo comprender”, dijo llorando el ex alumno, “que yo era demasiado pobre”, expresó.
Y es verdad, en nuestro Estado, aún hay familias pobres que no alcanzan por comprar uniformes a sus hijos.
Por otro lado, los maestros nos olvidamos que nuestros alumnos son niños y que es natural su inquietud y su deseo de estarse comunicando. Por tanto queremos que siempre estén callados y atentos a nuestras explicaciones.
Si no lo hacen nos valemos de esas normas disciplinarias y exageramos nuestra misión de formar alumnos para machacarlos, hacerlos sentir mal por el hecho de estar hablando o cometer alguna travesura.


Un catedrático con el que lleve un seminario en Madrid nos sentaba en círculo y nos invitaba a comunicarnos con los demás.
“Ustedes no vienen a ver la nuca de los demás ni a estar callados como si fueran momias, vienen a aprender y no solamente de mí, sino de la experiencia de los demás”, nos decía.
Es difícil reconocer que en ocasiones no equivocamos, pero hay que hacerlo.


Un maestro no quedó muy convencido de mis argumentos y me pidió que fuera a la escuela de graduados a debatir con sus compañeros maestros, pues no pudo convencerlos de que la escuela también hace daño.
Tan cierto es, que ya tenemos la primer víctima, conocida, de la violencia sistémica.


Y fue la señora María de la Asunción, tía de Mario Alberto, quien sin tanta ciencia y guiada por el sentido común, pidió al magisterio más comprensión:
“Hay que estar un poquito al nivel del adolescente, si no tenemos capacidad de trabajar con adolescentes, que mejor no lo hagamos, porque es una etapa crítica, es una etapa de transformación, una etapa de cambios”.
Han muerto tres niños por suicidio relacionado con la convivencia en la escuela. Y esto ha nadie conmueve…

FUENTE: Periódico El Metro, sección Seguridad, página 7, miércoles 14 de noviembre, información de Daniel Flores.

Queremos que siempre estén callados y atentos a nuestras explicaciones.
Si no lo hacen nos valemos de esas normas disciplinarias y exageramos nuestra misión de formar alumnos para machacarlos, hacerlos sentir mal por el hecho de estar hablando o cometer alguna travesura.